jueves, 2 de junio de 2016

Pippo, el I ching!

Sí, aprendí a tirar el i ching, en Módena, Italia, en 1988. En la casa de Pippo del Bono. Un departamento antiguo en un primer piso. Se accedía desde la calle por unas puertas anchas de madera y por escaleras de mármol. Había una ventana por donde entraba el sol y un sillón, cerca de esa luz menguada  (en comparación a nuestro sol cordobés) donde casi simpre estaba Pippo. Habíamos llegado con mi amiga Ernestina, después de trabajar en la Costa brava española y ahí nos quedamos dos meses. En Módena, en la casa de Pippo, donde también vivían otros artistas.
Módena, decían, era una  de las ciudades más ricas de Italia. El centro parecía una maqueta porque no tenía árboles y cómo se acercaba la navidad, en toda la zona comercial habían extendido alfombras rojas en las veredas, como en los teatros; veredas protegidas por galerías con arcos de medio punto. Hacía frío. Tapados de paño color abano, botas, boinas, olor a castañas asadas y bicicletas de paseo, todo en ocre.
Pippo pasaba mucho tiempo en el sillón y uno de los artistas de la casa - Fabricio- me enseñó a tirar el i ching. Aprendía el italiano junto al libro de las mutaciones. Pero hay que decir que fue gracias a Graciela, nuestra maestra de teatro en Córdoba, que llegamos a Módena, a la casa de Pippo.
Ella había vivido en Italia algunos años, exiliada durante la dictadura militar del '76, en Argentina. Y había regresado con la democracia a vivir y dar clases de teatro. Yo empecé en su primer grupo a los 15,  pero interrumpí el taller de formación en 1987 y partí con una beca de intercambio para terminar el último año del secundario en Francia. En el taller había conocido a Ernestina y Alejandro, quien se había venido a trabajar en la compañía de Pepe y Pippo, y fue nuestro contacto para llegar a esa casa, tan triste y maravillosa
En la fecha en que terminó mi beca y tenía que volver,  los padres de Ernestina le regalaron un viaje  a Europa por sus 18 años. Había llegado con una lista de direcciones de gente de teatro, una mochila y una tarjeta de crédito y me llamó.
Convencer a mis padres para quedarme un año mochileando y trabajando me costó menos de lo que jamás imaginé - todavía no había caído el muro, todavía se podía hacer dedo, todavía se podía ser turista y se podía trabajar sin papeles, en la costa en España, en la vendimia en Francia, en la aceituna en Grecia. Sólo había que cuidarse de las jeringas tiradas en la Plaza del Sol de Madrid y del sida.Ya tenía 18.
Aprendí gracias al noble Fabricio el valor de las tiradas, del dictamen, de la imagen y las líneas mutantes. Nunca se lo agradecí y es una práctica que nunca me ha dejado. Un verdadero don, en el sentido absoluto del término.
Pippo, en el sillón, horas y días, atravesando la noticia que era hiv positivo.
Con el tiempo eso cambió. En 1996 creó una compañía donde estaba Bobó, el señor de cabeza pequeñita que había sido abandonado por algo así como 40 años en una casa de locos. Pippo lo llevó a vivir con él. Años después vi en Córdoba una escena de Esperando a Godot, por Pippo y Bobó. Pippo estaba curado. Pude sentir a Beckett como un verdadero humanista lleno de fe en el género humano. La gran conmoción del I ching se presenta de manera misteriosas. Lo importante es no dejar la práctica como señala el libro de las mutaciones.

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