domingo, 3 de julio de 2016

Hanna, la imposible traducción


Hanna, es el nombre de origen hebreo de la actriz polaco-alemana a quien adora toda una generación de intelectuales argentinos – hombres y mujeres-. La adoran por su belleza, su sensibilidad, su voz, su modo de actuar y por haber sido actriz y musa de Fassbinder. Sobre todo la adoran por eso, porque Hanna fue, entre otras, la María Braun de Fassbinder. Fassbinder muere en 1982, con menos de 40 años y más de 40 películas, animando la programación indispensable de los tres cine-clubs de Córdoba, en los ’70 y los ’80 (atención  a los nombres: Microcine, Cine Teatro Córdoba y El ángel Azul). Hanna llega a esta misma ciudad en 2003, tiene 60 años, trae un espectáculo poético musical “Ella! Louise Brook. En el programa se aclara: película muda en concierto para voz y orquesta. “Diario de una perdida”. La acompaña, en efecto, una pequeña orquesta con su director francés, Roberto Tricarri. Hanna tiene los ojos siempre al borde de  las lágrimas, yo soy su edecán, traductora de francés. Tiene la voz tomada por el aire acondicionado del avión. Apenas llega pide un Decadron. Evita la prueba en el teatro y decide salir a pasear. Su dama de compañía cubana no parece contenta, habla mucho, con el gesto de “yo te conozco mejor que nadie”.
Plazoleta San Jerónimo, a la siesta. Hanna se interesa en lámparas hechas con raíces. Invita al artesano a la función de la noche siguiente. El artesano acepta las entradas y le regala una lámpara. La cubana no está y yo como traductora debería hacer algo más. Caminamos. “Si se pudiera capturar la belleza” dice Hanna a Tricarri. Yo quedo atrás. El artesano también. De piel cetrina, sus ojos oscuros y tensos entre el rabillo y el lagrimal son selváticos como las raíces. Su cara es de proporciones perfectas como la de Hanna, con pómulos anchos y boca alargada. En la charla que da en el cineclub todos la rememoran en sus películas inolvidables de Fassbinder. Ella sonríe, se nota que se quiere ir. Los invita a la función de Ella! Louise Brook. “Diario de una perdida”. Pasa el concierto. Pasa la noche. Hanna se tiene que tomar otro avión. Su voz sigue tomada y en la amiga cubana se ha disipado el gesto de “nadie te conoce mejor que yo”, está distante, callada por un rato.
Hanna se saca por un momento el mito viviente, pero sus ojos siguen ahí. Son uno con el signo del tiempo, la belleza y  la intensidad que se escapa. Hanna.
Voy a la farmacia del Águila, cerca del hotel. Llevo la receta del inyectable que le dio el médico que la vio temprano. Me indican donde encontrar una enfermera “cerca de la estación de ómnibus por esta misma calle San Jerónimo”. Vamos en el taxi, Hanna y yo. Es una casa de pensionistas, nos bajamos, el taxi espera. Una señora criolla, ama de casa y un señor que la secunda nos reciben. Nos informan que trabajan fines de semana y feriados y luego, nos hacen entrar a la fría salita con una camilla y fiselina verde. Hanna se recuesta, se descubre la piel  blanca nieve, mira la pared, recibe el decadron. Volvemos en el taxi sin hablar. Quizás el chico de las lámparas de raíces que no sabe quién es Hanna, quizás toda esa gente en el cineclub extrañando aún a Fassbinder, quizás Hanna, cara de luna, voz de ángel y ojos siempre brillantes,  -siempre al borde de las lágrimas-, en esa piecita, cerca de la terminal, con todo lo que es imposible de traducir de Hanna, me repito, sus ojos, su voz y su nombre: Hanna Schygulla.





Reseña de Carlos Pacheco, en diario  La Nación sobre el espectáculo que se presentó en el Festival de Teatro del Mercosur de 2003.
"Ella!, Louise Brooks", la propuesta que tuvo como protagonista a la polaco-alemana Hanna Schygulla, generó algunas polémicas. El público quería ver a esta emblemática actriz del cine alemán desplegando su potencial interpretativo. Pero no mucho de eso sucedió. Es que el espectáculo del que participa no tiene esa intención. Sobre la base de la película muda "Diario de una perdida" de G.W. Pabst (1929), el músico italiano Roberto Tricarri construye una música excepcional en la que cruza valores del cabaret alemán con el mundo contemporáneo, mientras que Schygulla, sentada de espaldas al público, va aportando sobre la proyección algunos textos, algunas canciones, que permiten que la trama del film se torne más conmovedora por momentos. En verdad sus palabras resultan motivadoras, provocadoras de nuevas sensaciones y en la impresionante voz de esa actriz esto es muy determinante. La gran estrella de este espectáculo es Louise Brooks, lo demás -música y texto- son una muy buena recreación que posibilita engrandecer su imagen.